lunes, 11 de junio de 2007

11 con 11


Si, un lunes velado.

Las nubes forman un techo denso y casi no ves los últimos pisos de los edificios. La contaminación pegajosa ha dejado la ciudad en distintos tonos de gris. Pareciera ser la noche más amigable con sus luces de colores dando brillo a las calles céntricas. Después de un fin de semana despejado y un sol respetable, los cambios se vuelven bruscos.

Un fin de semana de película. Aclaro que no estuvo marcado por eventos dignos de plasmar en celuloide, sino que junto a una buena estufa invitaba a acurrucarse frente a la TV. La oferta no era muy novedosa, pero sirvió para reflexionar repitiendo "What do you bleeze do we are" que en buen chileno significaría "¡¿Que cresta crees que somos?! , es una propuesta de la física cuántica para responder nuestras eternas preguntas, algo egocéntricas. Y me pregunto.. ¿todo es química? ¿ que es la realidad, lo cotidiano o aquello que experimentamos tras caer en el sopor del sueño? ¿O tal vez, vivimos en mundos paralelos... cruzamos fronteras que se borran al traspasar los límites?

Alguien me señaló que somos lo mejor de la raza humana ¡ plop! Claro que ello va con una explicación. Los cambios que ha experimentado el hombre son tantos y de tal magnitud que muchos se han perdido en el camino, es decir ... somos los sobreviventes. Nuestros genes lograron la meta de la adaptación.

Si el pensamiento logra cambiar el entorno como afirman los expertos (ellos señalan que la realidad es una construcción colectiva) ¿ por qué nos ponemos pruebas suicidas?

No me hagan caso, lo anterior es producto de un lunes 11.

Y con una máxima de 11 grados.

jueves, 7 de junio de 2007


Tacos de invierno


Tap..tap...tap.. tap
Recuerdo el sonido del taconeo de diversos pasos. Me entretenían en una niñez sin televisión, con inviernos lluviosos y oscuros mirando el pequeño patio de luz desde una puerta ventana. Unos arrastrados, se deslizaban con esfuerzo junto con el tope del bastón. Sin ver lo podía imaginar, don Abelardo, refugiado de guerra, con su sombrero de ala ancha y su abrigo de tweed, grueso y largo.

La ventana que miraba a la calle permitía visualizar sólo el perfil de la frente de los paseantes, pero en días de mayo se convertía en un desfile colorido de paraguas. Unos tacones rápidos y vigorosos descubrían a la señora Amelia, que jamás se bajó de sus zapatos puntudos con taco aguja, tenía un puesto de fruta en el Mercado central y lo vigilaba desde el faro de sus tacones.

También podía reconocer a Don Arturo, con su pinta tanguera, sombrero al ojo, su típico impermeable y peinado con gomina, una clase de gel que permitía mantener el pelo casi como una gorra apegada y brillante. Calzaba zapatos con estoperoles y al pisar los ladrillos del pasaje resonaban con un eco. Miraba de reojo detrás de la visera, los vecinos decían que era detective. Un asesinato en el barrio confirmó el rumor.

Las zapatillas de casa delataban a la señora Lucero, con sus gatos blanco y negro. Los sacaba en las pausas silentes en que la lluvia se detenía, para que hicieran " sus necesidades". Un andar apurado, casi trotando nos era familiar. Nuestro padre que almorzaba en casa y también en esos días de agua, como todos los caballeros cubría su cabeza con un sombrero pero el sonido de su caminata era más apagado, usaba una especie de cubrezapatos de goma para proteger el calzado